Pantovolva I - Adrogación tenebraria

 En aquel tiempo, el mundo no era sino una llaga húmeda bajo un cielo de ceniza perpetua. Los bosques crecían torcidos, como si sus raíces hubieran absorbido pesadillas en lugar de agua, y las montañas se alzaban no como el orgullo de la tierra, sino como sus vértebras expuestas, negras y agrietadas. Los pueblos, encogidos entre valles angostos o colgados de riscos de piedra, se apiñaban alrededor de templos diminutos donde se adoraba a algo cuyo nombre nadie recordaba, pero cuyo silencio temían. No había mapas que trazaran aquellas regiones, porque los cartógrafos que lo intentaban volvían con los ojos velados de un blanco lechoso, balbuceando palabras que se deshacían en la boca. En ese mundo, lo sobrenatural no era una invasión: era la médula misma de la existencia. Y en ese mundo, el nombre de Voelva Cenogurna se pronunciaba como se pronuncia el crujido de una puerta en una casa vacía: con la certeza de que algo, al otro lado, ha escuchado.

Antes de ser el horror con forma de mujer, antes de que su sombra aprendiera a desobedecer la luz de las velas, hubo una aldea cuyo nombre ya no existe. Allí nació una criatura de barro y costilla, igual que todas, hija de un herrero silencioso y una tejedora cuyos dedos nunca dejaban de sangrar sobre el telar. La niña no recibió dones: ni visión del futuro, ni sangre de hada, ni susurros de los muertos en la cuna. Era simple, mortal, con ojos castaños que al principio sabían llorar y una boca que aún podía curvarse en una risa que ya nadie recuerda. Pero desde muy temprano, algo en ella observaba. Miraba los bordes de las cosas, los intersticios donde la realidad adelgaza: el espacio entre el ladrido de un perro y su eco, el temblor de una llama antes de extinguirse, el instante exacto en que una herida comienza a formar costra. Y empezó a anhelar lo que había en esos intersticios.

No tuvo maestros. Los grimorios que los aquelarres ocultaban en criptas selladas con lenguas arrancadas, ella los encontró guiada por una intuición que no era suya, sino de algo que crecía en su interior como un feto de obsidiana. Cada conocimiento le costó lo que ninguna discípula pagaría jamás. Para leer el primer libro, aquel cuyas páginas estaban cosidas con tendones de ahorcado, tuvo que arrancarse el don de la risa con sus propias manos metafóricas, sentir cómo la capacidad de alegría se desprendía de su pecho como una telaraña que se quema. Para entender el segundo, un rollo de piel de algo que nunca tuvo nombre, se extirpó el llanto: sus ojos se secaron para siempre, no en su superficie húmeda, sino en el pozo profundo de donde brotan las lágrimas del alma. Y así, uno a uno, los tratados prohibidos, las leyendas bisbiseadas, los pactos nocturnos, fueron despojándola de su humanidad a cambio de la pericia que ninguna otra alcanzaría.

El primer arte que dominó fue la Tejeduría del Wyrd, porque había visto a su madre sangrar sobre el telar y comprendió, con una claridad que helaba, que cada hilo era una vida. Instaló una rueca en una cueva donde el musgo crecía al revés, hacia el centro de la tierra, y allí comenzó a hilar. Pero no usaba lana ni lino: sus hebras eran los últimos suspiros de los moribundos que encontraba en los caminos, las palabras no dichas de los amantes, los instantes de duda de los verdugos. El hilo que salía de su rueca era de un blanco cegador al principio, pero pronto se enrojecía, porque la vida siempre termina en sangre. Cuando terminó su primera tapicería, un manto diminuto que mostraba el destino de un recién nacido en una aldea a tres días de marcha, el bebé murió exactamente como los hilos habían profetizado: ahogado en miel por una nodriza sonámbula. Voelva miró el manto, luego sus dedos que ya no temblaban, y supo que había completado la primera lección. Su piel, hasta entonces cálida, descendió un grado de temperatura.

Luego vino el Vuelo de Fetches. Durante siete noches, se tendió en la tierra fría de un cementerio olvidado y se obligó a morir sin morir. Su alma, o aquello que en ella hacía las veces de alma, se desprendió de su cuerpo con un ruido semejante al de una rama al quebrarse bajo una nevada. Flotó sobre los campos, vio los techos de las casas como lomos de bestias dormidas, sintió el vértigo de no tener peso ni sombra. Pero al amanecer del octavo día, cuando regresó a su carne, descubrió que su cuerpo había empezado a pudrirse en los bordes: las uñas se le habían tornado de un gris violáceo, y en las comisuras de los labios anidaba una escarcha que ninguna primavera derretiría. Se levantó de entre las tumbas sin embargo, más alta de lo que se había acostado, como si la muerte le hubiera añadido estatura en lugar de restarla. Ya no necesitaría dormir jamás.

La Maldición de Plagas la aprendió en un verano de langostas. Observó cómo los insectos devoraban las cosechas y, en lugar de espantarlos, se sentó en medio del enjambre. Estudió la forma en que sus mandíbulas segmentaban las hojas, el ritmo de su hambre colectiva, la canción de sus élitros. Durante cuarenta días permaneció inmóvil, cubierta de langostas, dejando que le rozaran los ojos abiertos sin pestañear. Al cuadragésimo primer día, abrió la boca y emitió un zumbido que no era humano. Las langostas se alzaron como un solo organismo y se dirigieron al este, hacia los campos de un reino que la había ignorado. En una semana, el hambre había matado a tres mil almas. Voelva observó el humo de las piras funerarias desde una colina, y su estómago sintió por última vez algo parecido al apetito, pero no era hambre de alimento.

Fue por esa época que su sombra comenzó a comportarse de manera antinatural. Al principio eran detalles que solo ella notaba: la sombra se movía una fracción de segundo antes que su cuerpo, o se quedaba quieta cuando ella caminaba, como si estuviera pensando. Pronto, los demás también lo vieron. Un leñador que la encontró en un sendero contó, con voz quebrada, que la sombra de la mujer se había alargado contra la dirección del sol poniente y lo había tocado en el tobillo, dejándole una quemadura de hielo. Desde entonces, los perros se echaban al suelo y gemían cuando ella pasaba, no por lealtad ni por miedo, sino porque sus sombras también intentaban huir de sus cuerpos para no cruzarse con la de ella.

Dominó la Captura de Sombras una noche sin luna en que necesitaba un sirviente. Acechó a un asesino convicto que dormía en una celda, esperó a que su respiración se hiciera profunda, y con un movimiento de sus dedos ahora pálidos como raíces, arrancó la sombra del hombre de su cuerpo. El preso despertó sintiendo una ausencia peor que la muerte: estaba intacto físicamente, pero su presencia en el mundo se había vaciado. No reflejaba luz, no dejaba huella, no producía sonido al caminar. Murió tres días después, olvidado por sus propios sentidos. La sombra, en cambio, se irguió ante Voelva como un sirviente de humo sólido, y ella la guardó en un frasco de vidrio negro que colgó de su cinturón.

Cada adquisición la transformaba. Su cabello, antes castaño y opaco, adquirió un lustre que no era grasa ni salud, sino la quietud de una superficie lacustre que oculta cadáveres. Sus facciones se afilaron hasta alcanzar una perfección que resultaba insoportable mirar directamente, no por su belleza, sino porque era una belleza ajena a lo humano: los pómulos demasiado altos, la mandíbula demasiado simétrica, los labios esculpidos para pronunciar sílabas que harían sangrar las piedras. Era, dijeron los pocos que la vieron y sobrevivieron, como si un dios hubiera esculpido a la muerte y luego hubiera olvidado darle el don de la imperfección. Su altura aumentó imperceptiblemente con cada ritual, hasta que su cabeza rozaba los dinteles de las puertas y los niños creían ver una torre ambulante en la niebla.

La Compulsión por Nombre Verdadero le llegó cuando ya nada podía negársele. Aprendió que cada ser tiene un nombre secreto, uno que no fue dado por sus padres sino tejido en el telar del Wyrd mismo. Con ese nombre en los labios, podía ordenar al corazón que se detuviera, a la memoria que se borrara, al amor que se convirtiera en asco. En una aldea costera, un pescador se atrevió a arrojarle una piedra. Ella lo miró, sus ojos castaños absorbiendo la luz del mediodía, y pronunció tres sílabas que nadie más escuchó. El pescador dejó caer la siguiente piedra que ya tenía en la mano, se giró hacia el mar y caminó hasta que las olas se lo tragaron, con una sonrisa de alivio en el rostro, como quien vuelve a casa después de un largo exilio.

El Glam Dicinn, el arte del ocultamiento absoluto, lo perfeccionó durante un invierno en que un aquelarre entero la persiguió para destruirla. Las brujas, temerosas de su poder creciente, invocaron a entidades antiguas para que la encontraran. Voelva se envolvió en un glamur tan denso que ni los ojos de los dioses menores podían atravesarlo. Caminó entre sus perseguidoras, rozó sus capas con las suyas, y ellas solo sintieron un escalofrío pasajero. Cuando al fin disipó el velo, estaba ante la matriarca del aquelarre, cuyos ojos se abrieron como lunas llenas antes de apagarse para siempre.

Para entonces, su nombre ya no era un nombre. Voelva Cenogurna se había convertido en una fórmula de mal augurio. Los campesinos no lo escribían, pues creían que las letras mismas, una vez trazadas, se retorcerían en el pergamino y formarían un camino hacia quien las había escrito. En su lugar, dibujaban tres círculos concéntricos con una línea que los atravesaba, un símbolo que significaba "la que está afuera", "la que siempre está afuera y sin embargo siempre está mirando". Cuando los niños lloraban sin motivo, las madres susurraban el símbolo en el aire con el dedo, y el llanto cesaba, reemplazado por un silencio todavía más terrible. Los ancianos contaban que, en las noches de tormenta, cuando el trueno sonaba como una voz partiendo una montaña, era ella quien hablaba con algo que no debía ser respondido.

Había absorbido todas las tradiciones de brujería que existieron, existían y existirían. Conocía los rituales de los chamanes de las estepas heladas, que invocaban espíritus de tundra con tambores de piel humana. Dominaba los venenos de las sacerdotisas de la selva negra, destilados de ranas cuyos ojos fluorescían en la oscuridad. Había aprendido la Cocina Vinculante de las brujas de los pantanos: guisos que, una vez ingeridos, ataban la voluntad del comensal a la cocinera como un perro a su collar. Sabía forjar Objetos Malditos con la precisión de un artesano y la malevolencia de un verdugo: peines que arrancaban la cordura, espejos que mostraban el rostro del que miraba tal como sería en el instante de su muerte, monedas que pagaban por aquello que no se quería vender. La Maldición Marimé, aquella que hace que la víctima sea rechazada por la propia naturaleza, la usó solo dos veces, y en ambas la tierra donde pisaban los malditos se agrietó como hielo primaveral. La Reversión Tseruf, que deshace los hechizos ajenos con un simple gesto, la convirtió en inmune a cualquier magia que no fuera la suya. Y en las noches solitarias, cuando el aburrimiento cósmico amenazaba con hacerle recordar que alguna vez fue humana, se entretenía creando Servidores: criaturas de barro y aliento que obedecían y luego se deshacían en polvo al amanecer.

Así, la mujer que había sido de barro y costilla se convirtió en la Pantovolva: la bruja total, la síntesis viviente de todas las artes oscuras que la humanidad, en su terror y su codicia, había imaginado y ejecutado. Ya no era humana, pero tampoco era diosa, ni demonio, ni espíritu. Era una entidad liminal, un ser fronterizo, una puerta que se abría a todos los lados y a ninguno. Su corazón latía, pero no bombeaba sangre sino silencio. Su mente procesaba cada estímulo del cosmos con la frialdad de una ecuación, y su voluntad podía plegar las leyes naturales como se pliega un paño húmedo.

En la época en que comienza esta historia, se la podía divisar a veces en los horizontes de los mundos, una figura solitaria bajo un cielo de tormenta perpetua. Los relámpagos no la iluminaban: se desviaban a su alrededor, como si incluso la luz temiera tocarla. Su sombrero puntiagudo recortaba las nubes bajas, su capa ondeaba con un viento que nadie más sentía, y sus ojos castaños, aquellos que habían visto todos los infiernos y no habían parpadeado, miraban hacia adelante sin buscar nada y sin encontrar nada. Era el vacío con forma de mujer. Era el horror supremo cuyo mero recuerdo hacía que los valientes se mordieran la lengua para no gritar. Era Voelva Cenogurna, y su historia de terror apenas había comenzado.

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Mucho después de que su nombre se hubiera convertido en una cicatriz en la lengua de los pueblos, Voelva Cenogurna viajaba por los caminos hundidos del mundo como quien recorre las arrugas de una mano muerta. No buscaba nada, porque nada necesitaba. Su presencia en las aldeas era siempre una transacción: alguien, en algún lugar, había murmurado una súplica al aire, había dibujado en la tierra el símbolo de los tres círculos, y ella simplemente aparecía. Negociaba con los desesperados, con los ambiciosos, con los necios, y les concedía aquello que creían desear a cambio de lo que no sabían que poseían: un recuerdo, un año de aliento, el color de los ojos de un primogénito nonato. Cobraba sin ira y sin placer, y se marchaba dejando tras de sí el olor a tierra removida y a cera fría.

Fue en uno de esos viajes, en una comarca cuyo nombre los mapas habían olvidado por piedad, donde encontró la casa. La aldea que la rodeaba estaba deshabitada desde hacía tiempo: las cabañas se inclinaban unas contra otras como borrachos compartiendo un secreto, sus techos de paja podrida se hundían en el centro, y los pozos exhalaban un vaho dulzón que no era agua. Sin embargo, la casa en cuestión no estaba arruinada; sus paredes seguían en pie, sus ventanas conservaban los postigos, y de su chimenea no salía humo pero tampoco anidaban pájaros. Voelva pasó ante ella y, sin motivo alguno —sin atracción, sin presentimiento, sin la más mínima pulsión que mereciera examen—, empujó la puerta y entró.

El interior no era un interior: era la ausencia de todo lo que alguna vez había sido un hogar. Las paredes estaban desconchadas, pero no por el tiempo; mostraban las marcas de algo que había sido arrancado de cuajo, como si las capas de cal y yeso hubieran seguido a los objetos en su desaparición. El suelo de madera, cubierto de un polvo finísimo que no se levantaba al pisarlo, crujía con un sonido que no era de madera quejándose, sino de algo recordando. No había muebles, no había utensilios, no había ropa, no había nada. El silencio era tan denso que los propios pasos de Voelva se ahogaban en él, como si el aire se negara a transmitir cualquier vibración que no hubiera autorizado.

Y sin embargo, no era un silencio muerto. Era un silencio quirúrgico, deliberado, el silencio que queda después de que una mano ha extirpado la vida de un lugar con la precisión de un cirujano. Voelva se detuvo en el centro de la estancia principal y dejó que sus sentidos, aquellos que habían trascendido lo humano, leyeran el vacío. En los quicios de las puertas, invisibles para cualquier ojo mortal, brillaban residuos de un pacto: un fulgor apagado, como el rastro de baba de un caracol, que formaba las palabras de un contrato vinculante. En el aire flotaba un olor que no era olor, sino la negación de todo olor: la fragancia de la nada absoluta, el perfume de lo que ha sido reclamado en su totalidad por una voluntad ajena.

Lo comprendió sin necesidad de deducción activa. Una pareja joven, con la codicia de quienes quieren fortuna sin trabajo, había invocado a una bruja —no a ella, a otra, de menor rango— y había ofrecido "todo lo que poseían" a cambio de un plazo de prosperidad. La bruja, una aprendiz impaciente, había aceptado el trato sellándolo en los quicios; pero no había previsto que la pareja pudiera multiplicar sus posesiones con el tiempo. No había especificado, no había añadido las cláusulas de exclusión, no había anticipado que la vida engendra vida. Así que cuando el plazo venció, el pacto cobró "todo": los enseres, los cuerpos, las almas, incluso las capas de pintura que habían aplicado con sus propias manos, incluso el olor de su cocina, incluso el eco de sus risas. Un vacío perfecto, una ejecución literal que ninguna bruja experimentada habría permitido porque ninguna bruja experimentada cobra sin saber exactamente qué está cobrando.

Voelva recorrió la casa sin prisa, sus ojos castaños absorbiendo la penumbra. En la última habitación, un cuarto que quizás había sido un dormitorio, encontró algo. No estaba vacío. Sobre el suelo polvoriento, envuelto en harapos que alguna vez fueron una manta, yacía un bulto diminuto que se movía débilmente. Un bebé. Un bebé varón, de pocas semanas, con la piel enrojecida y los puños cerrados como dos nudos de carne. Lloraba, pero su llanto era apenas un hilo de sonido, un maullido reseco que arañaba el silencio sin romperlo.

Voelva se quedó mirándolo. Su rostro, aquella perfección insoportable, no cambió. No hubo fruncimiento de cejas, ni inclinación de cabeza, ni el más mínimo signo de interés o sorpresa. Sus ojos no reflejaron al bebé: lo archivaron, como archivaban todo lo que entraba en su campo de percepción, en un catálogo de datos sin jerarquía emocional.

La lógica se ensambló en su mente con la precisión de un mecanismo de relojería. La bruja novata que había ejecutado el pacto no había incluido al niño porque el niño no existía en el momento del acuerdo. La pareja había concebido después, y el bebé, no estando nombrado en el contrato, no había sido reclamado. Había sobrevivido por omisión, por un descuido burocrático del horror. Pero sobrevivir no significaba vivir. Sin cuidados, sin alimento, sin calor, el bebé moriría en cuestión de horas, quizás días. La única razón por la que seguía con vida era la inercia biológica, el empecinamiento ciego de la carne que aún no sabe que está muerta.

Voelva podría haberlo dejado allí. Podría haber salido de la casa sin tocarlo, sin alterar el curso natural de su extinción, y el mundo habría seguido girando. Pero su mente procesó una variable adicional: el bebé estaba en un lugar donde ella había estado. Si alguien llegara a encontrarlo, y si de algún modo supieran que ella había pasado por allí —porque siempre había alguien que sabía, siempre había un ojo en la penumbra, un rumor en el viento—, el niño sería quemado. No por crueldad, no por ignorancia, sino por la certeza absoluta, grabada en generaciones, de que cualquier cosa tocada por la Pantovolva estaba contaminada. Los aldeanos lo arrojarían a una hoguera para purificar su alma antes de que ella pudiera reclamarla, y las llamas no harían distinción entre una maldición y un inocente.

Esa era la naturaleza del terror que inspiraba: no un odio dirigido, sino una irradiación involuntaria, una pestilencia social que precedía a cualquier intención. Ella no podía dejar al bebé en un lugar habitado. No podía entregarlo a una familia, a un orfanato, a un templo. Su mera asociación, por breve que fuera, lo condenaba.

Así que lo recogió. Se agachó con un movimiento fluido, como el de una grulla pescando en aguas quietas, y alzó el bulto de harapos y carne con ambas manos. No lo hizo con ternura; sus dedos no acariciaron, no acunaron. Lo tomó como quien recoge un objeto necesario para un trabajo que aún no ha decidido emprender, con la misma frialdad con que habría cargado un grimorio o un frasco de aliento capturado. El bebé, al sentir el movimiento, dejó de llorar. Quizás fue el cambio de temperatura, quizás el instinto primario de aferrarse a lo que sea que estuviera vivo. Sus pequeños ojos, aún incapaces de enfocar, se abrieron hacia el rostro de Voelva, aquel rostro que había helado la sangre de reyes, y no vieron nada que temer.

Voelva salió de la casa sin mirar atrás. El silencio quirúrgico se cerró tras ella como un sudario que vuelve a caer sobre un cadáver. En el horizonte, las nubes de tormenta que siempre la seguían comenzaban a acumularse, y un viento frío, un viento que olía a ozono y a tierra prometida a algún dios olvidado, agitó su capa y los harapos del bebé. Ella ajustó el peso del pequeño contra su costado, un ajuste puramente mecánico, y continuó su camino.

No era madre. No quería serlo. Pero el bebé viajaría con ella, alimentado con lo que la practicidad dictara, protegido por la sombra de la mujer más temida del mundo, hasta que alguna contingencia futura decidiera su destino. Así comenzó, sin que Voelva lo supiera —o sin que le importara—, la historia de la niña que aún no tenía nombre, la niña que aún no era niña, la niña que un día se llamaría Leiria. Pero eso pertenecía a años que aún no habían acontecido, y el futuro, incluso para la Pantovolva, seguía siendo una hebra sin hilar.

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Los años transcurrieron como transcurre el agua bajo el hielo: invisibles, silenciosos, pero dejando una marca profunda en la piedra que los soporta. Voelva Cenogurna continuó sus viajes por los caminos torcidos del mundo, negociando con reyes que escondían el rostro tras máscaras de hierro, con madres que ofrecían sus propios sueños a cambio de la salud de un hijo, con moribundos que pedían un día más de aliento y lo pagaban con el recuerdo de su primer amor. Su reputación no menguaba; al contrario, crecía como un tumor en el imaginario colectivo, alimentándose de cada nuevo rumor, de cada cosecha marchita que se le atribuía, de cada locura repentina que asolaba a quien osaba pronunciar su nombre.

El niño viajaba con ella. Al principio era apenas un bulto que cargaba en un zurrón improvisado, un peso adicional que su cuerpo no registraba como carga sino como dato. Lo alimentó con leche de cabras que encontraba en los páramos, con papillas de raíces hervidas que sus propias manos preparaban sin ternura pero con precisión, con agua de manantiales que ella misma purificaba con un soplo de sus labios pálidos. El niño creció, como crecen las plantas en los cementerios: sin saber que la tierra que las nutre está hecha de lo que fue vivo.

Cuando el niño tuvo edad de caminar, Voelva le enseñó a hacerlo. No lo tomó de las manos ni lo animó con palabras dulces; simplemente lo depositó sobre la hierba húmeda una mañana y esperó, observando con sus ojos castaños que no reflejaban nada, mientras las pequeñas piernas se tambaleaban, caían, se levantaban, volvían a caer. Al tercer día, el niño caminó. No hubo celebración. Voelva asintió una vez y continuó preparando un ungüento con grasa de ahorcado.

Le enseñó a hablar del mismo modo. No usaba el lenguaje de las madres, ese arrullo deformado que los humanos emplean instintivamente con sus crías. Le hablaba con su voz monocorde, con oraciones completas y precisas, nombrando cada objeto por su nombre verdadero y por su nombre oculto. El niño aprendió a decir "agua" y también la sílaba que hace que el agua se estremezca. Aprendió a decir "fuego" y también la palabra que apaga las llamas. Para él, ambos vocabularios eran uno solo: no había diferencia entre el lenguaje del mundo y el lenguaje del abismo. Eran simplemente sonidos que producían efectos, como el viento que mueve las ramas, como la lluvia que moja la tierra.

Cuando cumplió la edad en que otros niños aprenden el alfabeto, Voelva le entregó un libro. No era un libro de cuentos infantiles, sino un grimorio encuadernado en piel de algo que aún respiraba. Las páginas contenían caracteres que se retorcían bajo la luz de las velas, diagramas de órganos que no pertenecían a ninguna bestia conocida, fórmulas escritas en una tinta que a veces sangraba. El niño lo tomó con sus pequeñas manos y lo abrió sin miedo. Para él, aquello no era más extraño que un libro de fábulas. Las letras que danzaban, las ilustraciones que a veces parpadeaban como ojos, eran simplemente la naturaleza de los libros. No conocía otros.

La infancia del niño fue un desfile de horrores que él miraba con la misma expresión con que otros niños miran las nubes. Una tarde, mientras Voelva destilaba una esencia de melancolía a partir de lágrimas de viuda, el pequeño se sentó junto al alambique y tarareó una melodía inventada. Otra noche, cuando ella invocó a un servidor para que limpiara el campamento, una figura de humo con demasiadas articulaciones, el niño le ofreció al espectro una de sus galletas de centeno, sin entender por qué la galleta caía al suelo una y otra vez. El servidor, confundido por una interacción para la que no había sido diseñado, se disolvió en una espiral de niebla.

Voelva no le enseñó a temer porque ella ya no recordaba lo que era el miedo. No le enseñó a amar porque el amor había sido una de las primeras cosas que se extirpó, hacía tantos años que su ausencia ya no dolía. No le enseñó la diferencia entre el bien y el mal porque esos conceptos le resultaban tan ajenos como los colores a un ciego de nacimiento. La ética era un subproducto de la debilidad humana, un sistema de reglas inventado para proteger a los que no podían protegerse con poder. Y el niño, que crecía empapado en poder como una esponja en un océano oscuro, simplemente no necesitaba esas muletas.

Así, el niño aprendió a leer los hilos del Wyrd antes que los números. Supo atrapar un aliento antes que silbar. Pudo reconocer un glamur antes que una mentira. Pero no sabía lo que era un amigo. No entendía por qué los pájaros huían cuando él se acercaba, aunque nunca les había hecho daño. No comprendía por qué los niños de las aldeas, cuando ocasionalmente los veía desde lejos, se agarraban a las faldas de sus madres y lloraban. Él no era feo; al contrario, su rostro era dulce, sus ojos grandes y curiosos, su sonrisa fácil y luminosa. Pero había algo en él, una pátina invisible, un residuo de la presencia constante de la Pantovolva, que las criaturas inocentes detectaban como los animales detectan un terremoto inminente.

Sin embargo, el niño no sufría por ello. No se puede extrañar lo que no se conoce. La soledad era su estado natural, como el agua para el pez. Era feliz, genuinamente feliz, persiguiendo luciérnagas en los pantanos y preguntándole a Voelva por qué brillaban. Ella respondía, sin alzar la vista de su labor, que las luciérnagas eran las almas de los niños muertos sin bautizar, y que su luz era el único lenguaje que recordaban. El niño asentía, maravillado, y continuaba persiguiéndolas sin miedo, llamándolas por nombres que inventaba en el momento.

Cuando el niño tenía quizás siete años, presenció por primera vez una de las transacciones mayores de Voelva. Habían acampado cerca de un cruce de caminos donde convergían siete senderos, un lugar donde el velo entre los mundos era tan fino como la piel de una ampolla. Allí acudió un hombre, un noble arruinado por las deudas de juego, que había oído hablar de la bruja que podía conceder cualquier deseo. Temblaba al acercarse, sus rodillas chocaban una contra otra, pero la desesperación lo empujaba. Ofreció su propio recuerdo, el más valioso que poseía: la imagen de su madre sonriendo. Voelva lo aceptó con un gesto de su mano pálida, y el hombre, tras un instante de agonía silenciosa, cayó al suelo con los ojos en blanco. Cuando se levantó, ya no recordaba por qué estaba allí, ni quién era la mujer que lo observaba. Se marchó tambaleándose, más ligero y más vacío, como una casa deshabitada.

El niño lo había visto todo desde detrás de una roca. Cuando el hombre desapareció, se acercó a Voelva y le preguntó por qué el señor había llorado antes de olvidar. Voelva respondió, sin inflexión, que había entregado un recuerdo que le causaba dolor y alegría a partes iguales, y que la extracción de ese recuerdo era más dolorosa que la pérdida de un miembro, pero que el dolor pasaba y solo quedaba la ausencia. El niño reflexionó un momento y luego preguntó si él tenía recuerdos así. Voelva lo miró con aquellos ojos que absorbían la luz y dijo: "Aún no. Pero los tendrás, si vives lo suficiente." El niño asintió, satisfecho con la respuesta, y volvió a jugar con las piedras.

Los años se apilaron como hojas en otoño. El niño creció en estatura y en curiosidad, desarrollando un apetito voraz por todo lo bello y frágil. Descubrió los libros, no solo los grimorios, sino también los pocos volúmenes de literatura que Voelva acumulaba sin propósito aparente en los alforjes de su equipaje. Encontró una antología de poemas antiguos, sus páginas amarillentas y sus bordes roídos por insectos, y se pasó semanas enteras descifrando aquellos versos que hablaban de cosas que no conocía: el amor, la pérdida, la nostalgia, la patria. Leía en voz alta, sentado bajo un roble añoso mientras Voelva recogía ingredientes en el bosque, y su voz infantil daba a las palabras una resonancia extraña, como si los poetas muertos hubieran escrito para él, para ese único oyente que no entendía el significado pero sentía el ritmo.

También descubrió las mariposas. En un prado junto a un río de aguas negras, encontró una concentración de mariposas azules, cientos de ellas, volando en espirales perezosas. El niño se quedó extasiado, con la boca abierta, sintiendo el roce de las alas diminutas contra sus mejillas. Para él, aquello era magia: no la magia de su madre, que era funcional y terrible, sino una magia gratuita, inútil, creada solo para ser bella. Desde entonces, cada vez que encontraba una mariposa, se detenía a observarla durante horas, memorizando los patrones de sus alas, los temblores de sus antenas, la fragilidad de sus patas. Voelva lo observaba observarlas, y en su interior, en algún lugar que ya no visitaba, algo se removía, un eco de algo que había sido y ya no era.

Para cuando el niño cumplió doce años, Voelva le había enseñado todo lo que consideraba básico para la supervivencia: leer, escribir en siete alfabetos, calcular, reconocer las hierbas venenosas y las curativas, distinguir un pacto verdadero de una estafa, y los rudimentos de la captura de alientos. Pero nunca le había dado un nombre. El niño era simplemente "el niño", o "tú", o una presencia implícita que no requería apelativo porque no había nadie más que pudiera confundirse. En los raros encuentros con clientes, Voelva se refería a él como "el que me acompaña", y los clientes, aterrorizados, no preguntaban más.

Fue el propio niño quien, un atardecer de otoño, mientras las hojas caían con un sonido semejante al de los párpados al cerrarse, formuló la pregunta que cambiaría todo.

—¿Qué es un nombre? —preguntó, alzando la vista de un libro de herbología malsana.

Voelva estaba sentada junto a un fuego que ardía sin consumir la leña, alimentado por un aliento que había capturado años atrás. No se giró para responder.

—Un nombre es una herramienta de poder. Para las brujas, conocer el nombre verdadero de algo es tener dominio sobre ello. Un nombre define, delimita y vincula. Es la primera posesión y la más íntima.

El niño meditó estas palabras con la seriedad con que siempre recibía las enseñanzas.

—Todas las cosas tienen nombre. Los árboles, los pájaros, los ríos, los libros, los clientes. Tú tienes nombre. Pero yo no tengo nombre. ¿Por qué?

Voelva se giró lentamente. El fuego que no consumía proyectaba sombras que no correspondían a los objetos que las producían.

—Tú no me perteneces. Yo no soy tu madre. No tengo derecho a definirte con un nombre. Ignoro si tus padres biológicos te dieron uno antes de que el pacto los reclamara. Si lo hicieron, ese nombre murió con ellos y ya no tiene poder.

El niño se quedó en silencio, procesando. Su rostro, aquel rostro dulce que nunca había conocido la crueldad, se iluminó con una comprensión repentina.

—Si un nombre es una herramienta de poder... y yo no tengo nombre... ¿puedo elegir uno? ¿Puedo darme poder a mí mismo?

—Puedes. —La voz de Voelva era neutra, pero había en ella una pausa casi imperceptible, como si una parte de su mente hubiera encontrado una variable no prevista.

—¿Puedo elegir un nombre de niña?

La pregunta flotó en el aire como una mariposa azul. Voelva no pestañeó. Sus procesos internos, aquellos mecanismos de precisión abisal, consideraron la cuestión durante exactamente tres latidos de su corazón que bombeaba silencio.

—Puedes.

El niño rompió en una sonrisa que no tenía parangón en toda su corta existencia, una sonrisa que no expresaba alivio —porque nunca había sentido opresión— sino pura alegría creadora. Se puso en pie, dejó caer el libro, y empezó a dar saltitos sobre la hierba mientras repetía sílabas en voz alta, probándolas como quien prueba frutas desconocidas.

—Lia... no. Liria... no, no. Leiria. Leiria. ¡Leiria!

Se detuvo, con los brazos extendidos hacia el cielo crepuscular, y gritó:

—¡Me llamo Leiria! ¡Yo soy Leiria!

Voelva observó la escena con la misma expresión con que habría observado la eclosión de un insecto: sin emoción, pero con una atención precisa. La niña, ahora Leiria, corrió hacia ella con el rostro encendido por una euforia que no conocía límites.

—¿Puedo llamarte mamá? —preguntó, sin aliento.

Voelva no se movió. El fuego que no consumía crepitó una vez, como si incluso él estuviera expectante.

—Las hijas de las brujas deben convertirse en brujas. No me llames mamá a menos que tengas intención de serlo —dijo, y sus palabras eran una advertencia y una puerta.

Leiria, que nunca había aprendido a temer, no vio la advertencia. Solo vio la puerta.

—¡Quiero ser bruja! ¡Quiero ser como tú! ¡Quiero ser tu hija y llamarte mamá!

El silencio que siguió fue el más largo que Leiria había experimentado en sus doce años de vida. Pero no era un silencio incómodo; era un silencio que tejía algo, un silencio preñado de consecuencias que ninguna de las dos podía prever.

—Entonces, a partir de ahora, te llamarás Leiria Cenogurna —dijo Voelva—. Serás mi hija y mi aprendiz. Yo seré tu madre y tu mentora.

Alzó su mano pálida, aquella mano que había arrancado sombras y tejido destinos, y la movió en el aire con un gesto que parecía simple pero que hacia temblar las hojas de los árboles cercanos. De la nada surgió un sombrero puntiagudo, negro, diminuto, perfecto para la cabeza de una niña. Lo depositó sobre los rizos salvajes de Leiria, y el sombrero se ajustó como si hubiera estado esperándola desde siempre.

Leiria se llevó las manos al sombrero, lo tocó con la reverencia con que otros tocan una reliquia, y las lágrimas que no había derramado nunca —porque nunca había tenido motivo— brotaron de sus ojos castaños, aquellos ojos que solo conocían la maravilla. Lloraba y reía al mismo tiempo, girando sobre sí misma, haciendo ondular su falda y su capa corta, mientras el sombrero se mantenía firme sobre su cabeza como una promesa oscura.

Voelva la observaba. No sonreía; su rostro seguía siendo la máscara perfecta que era, el vacío esculpido en belleza. Pero en algún lugar, muy abajo, bajo capas y capas de poder y renuncia y silencio, algo había cambiado. Algo que no tenía nombre, o que lo había perdido hacía tanto tiempo que ya no lo recordaba.

A partir de ese momento, Voelva Cenogurna era madre. Leiria Cenogurna era hija. Y el mundo, que ya estaba enfermo, acababa de recibir un nuevo germen de esperanza o de ruina. El futuro, aquella hebra aún no hilada, tembló en su rueca invisible.

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Dos años habían resbalado sobre ellas como dos gotas de lluvia por la superficie de un espejo negro: silenciosos, idénticos, dejando apenas un rastro de humedad que se evaporaba sin memoria. Leiria Cenogurna tenía ahora catorce años y su aspecto era el de una criatura que hubiera brotado de una grieta entre dos mundos. Su sombrero puntiagudo, ya gastado en los bordes, se inclinaba ligeramente hacia la izquierda porque ella lo prefería así. Su vestido oscuro, sencillo hasta la austeridad, no lograba contener del todo la energía de su cuerpo en crecimiento: las mangas le quedaban apenas cortas, el dobladillo rozaba sus tobillos con una timidez que no era intencionada. La capa corta ondeaba tras ella como un ala incipiente. Pero era su cabello lo que atraía la mirada y la retenía: una masa castaña, rizada, salvaje, que caía por su espalda y sus hombros en cascadas y tirabuzones, rebelde a cualquier peine, vivo como un nido de serpientes diminutas y suaves. Olía a musgo y a humo de leña verde, a tinta de calamar y a esa fragancia indefinible que dejan los conjuros cuando se disipan.

Había en ella, sin embargo, algo más que una muchacha con ropa de bruja. A su alrededor flotaba un halo imperceptible para el ojo humano, pero detectable para las bestias y los moribundos: una pátina de poder incipiente, de familiaridad con lo innombrable, que hacía que los perros callejeros se sentaran a observarla en silencio y que los espectros menores se asomaran brevemente desde sus escondrijos cuando ella pasaba. Era adorable, sí, de una belleza frágil que recordaba a la de una mariposa atrapada en una telaraña, pero la telaraña era suya, tejida por ella misma con hilos que su madre le había enseñado a hilar.

Las lecciones se habían vuelto diarias. Voelva, fiel a su palabra, instruía a su hija con una meticulosidad que no conocía el cansancio ni la indulgencia. No alzaba la voz, no sonreía ante los aciertos, no fruncía el ceño ante los errores. Corregía con su tono monocorde, explicaba cada paso con la precisión de un tratado anatómico, y luego observaba, sus ojos castaños absortos en el progreso o la torpeza de su aprendiz, sin que su rostro delatara aprobación o desdén.

Aquella mañana, la lección era una pócima de vinculación sanguínea. En el centro del claro donde acampaban, un caldero de hierro colgaba de un trípode sobre un fuego que no humeaba. Voelva había invocado a una bestia no muerta, un ser que alguna vez fue un carnero y ahora era una masa de lana putrefacta y cuernos agrietados, con ojos que brillaban con una luz verde de pantano. La bestia yacía sobre un lecho de hojas, inmovilizada por una palabra que Voelva había pronunciado al alba, y de una incisión en su cuello manaba una sangre negra y espesa como alquitrán, que Leiria recogía en un cuenco de barro.

—Tres medidas exactas —dijo Voelva, sin mirar el cuenco pero sabiendo, con esa certeza que hacía innecesaria la visión, cuánta sangre había sido recogida—. Ni una gota más, ni una menos. La sangre de no-muerto es impaciente; si añades demasiado, la poción no vinculará, consumirá. En lugar de atar la voluntad del bebedor a la tuya, atará su hambre. Beberá tu sangre, literalmente, hasta vaciarte.

Leiria asintió, sus ojos castaños muy abiertos, y vertió la sangre en el caldero con el pulso firme que había desarrollado tras incontables repeticiones. Removió la mezcla con una cuchara de madera de tejo, tarareando una canción de cuna que nadie le había enseñado, una melodía que quizás había escuchado en sueños. El líquido borboteaba, espeso y oscuro, desprendiendo un vapor que olía a hierro y a flores podridas.

—Ahora el romero invertido —indicó Voelva.

Leiria tomó un puñado de romero que había crecido hacia abajo, hacia la tierra, en lugar de hacia el sol. Lo había cultivado ella misma durante tres lunas, regándolo con agua de sepulcro. Lo arrojó al caldero, y el vapor cambió de color, tornándose de un violeta enfermizo que se retorcía en el aire como un animal atrapado.

—Bien —dijo Voelva, y Leiria sintió un calorcillo en el pecho que ya había aprendido a reconocer como la satisfacción de un trabajo correcto, aunque su madre jamás hubiera pronunciado la palabra "orgullo".

Otra jornada, la lección fue la captura de alientos. Habían viajado hasta una aldea donde un anciano agonizaba desde hacía semanas, su pecho subiendo y bajando con un estertor que los aldeanos escuchaban desde la calle como quien escucha un reloj que marca el final de una era. Voelva se presentó en la casa, su sombra precediéndola por la puerta, y los familiares se apartaron como hojas ante un vendaval. No negoció; simplemente se acercó al lecho del moribundo, seguida por Leiria, que llevaba en las manos un frasco de vidrio soplado en forma de lágrima.

—Observa —dijo Voelva, y Leiria obedeció.

El anciano tenía los ojos abiertos, pero ya no miraban. Su boca se movía sin producir sonido, formando palabras que solo existían en el país de los agonizantes. Voelva inclinó su rostro perfecto sobre el del hombre, acercó sus labios pálidos a los labios agrietados del anciano, y aspiró. Fue un gesto simple, casi íntimo, pero el efecto fue todo menos simple. Del pecho del moribundo brotó una neblina blanca, un vapor que contenía imágenes: un rostro de mujer joven, una cosecha de trigo, una mano que acariciaba el lomo de un perro. El aliento. La vida. Voelva lo retuvo en su boca durante un instante, sus mejillas ligeramente infladas, y luego lo exhaló dentro del frasco que Leiria le acercaba. El vapor se enroscó en el vidrio, se condensó en un líquido plateado que brillaba con luz propia, y el anciano, en el lecho, quedó inmóvil para siempre.

—Ahora tú —dijo Voelva, entregándole el frasco a Leiria.

En la siguiente aldea, una mujer tísica se consumía en un rincón de un establo, abandonada hasta por las ratas. Leiria se arrodilló a su lado y repitió el gesto que había visto. Pero al aspirar, algo salió mal: la neblina se resistió, se aferró al cuerpo como un niño aterrado, y Leiria tuvo que forcejear con ella, succionar con más fuerza, hasta que finalmente el aliento se desprendió con un chasquido que no era sonido sino sensación. La mujer murió con una mueca que no era de paz, y Leiria, al exhalar el vapor en el frasco, sintió que sus manos temblaban ligeramente.

—He fallado —dijo, y su voz era apenas un susurro.

—No has fallado —respondió Voelva, tomando el frasco para examinarlo—. El aliento está completo. Pero has hecho sufrir a la presa. Eso es ineficiente y, en ciertos contextos, peligroso. Un aliento que sufre antes de ser capturado conserva el sufrimiento como un residuo. Si alguna vez usas este aliento para alimentar un hechizo, el hechizo morderá en lugar de acariciar.

Leiria bajó la cabeza. No había lágrimas en sus ojos, porque había aprendido a no llorar por los extraños, pero había algo en su postura que recordaba a una flor doblada por el viento.

—Volverás a intentarlo —dijo Voelva, y era una orden y una certeza.

En otra ocasión, la lección fue un maleficio menor. Voelva capturó un escarabajo de la madera, uno de esos insectos que devoran los ataúdes, y lo depositó sobre una piedra plana. Leiria se inclinó sobre él, con los dedos formando el gesto que su madre le había enseñado: pulgar contra índice, anular contra meñique, corazón levantado. Murmuró las sílabas que no pertenecían a ningún idioma humano, y el escarabajo comenzó a transformarse. Su caparazón se reblandeció, se volvió translúcido, dejó ver las entrañas que palpitaban. Sus patas se alargaron, se multiplicaron, se convirtieron en hebras de seda negra que se enroscaban alrededor del cuerpo. El insecto emitió un chillido que ninguna garganta de su tamaño debería poder emitir, y luego quedó quieto, convertido en una cosa que ya no era escarabajo, sino una flor de carne y quitina, pétalos de élitro y estambres de antenas.

Voelva observó el resultado con sus ojos inexpresivos. La transformación era imperfecta: uno de los pétalos aún se movía, buscando algo que comer. Pero para ser el tercer intento de una aprendiz de catorce años, era notable.

—Sigue practicando —fue todo lo que dijo.

Así transcurrían los días: lecciones de sombra y de luz, de sangre y de aliento, de maldición y de cura. Leiria aprendía con una mezcla de fascinación y torpeza, de talento natural y de errores que a veces eran peligrosos y a veces solo hermosos. Voelva la observaba, corregía, instruía, y en su interior, en aquel lugar que ya no visitaba, algo se agitaba. No era orgullo, porque el orgullo era una emoción y ella había extirpado las emociones. No era afecto, porque el afecto era un apego y ella no se apegaba a nada. Era, quizás, una percepción: la percepción de que su hija se estaba convirtiendo en algo, y que ese algo era, contra toda lógica, bueno. Pero también era una ausencia. Una punzada de insatisfacción que Voelva no podía identificar porque carecía del vocabulario emocional para nombrarla.

La insatisfacción no era hacia Leiria. Leiria se esforzaba, mejoraba, crecía. Era hacia sí misma. Como mentora, Voelva se sabía perfecta: conocía cada hechizo, cada variante, cada trampa y cada atajo. Pero sentía —y la palabra "sentía" era inexacta, pero ninguna otra se aproximaba— que le faltaba algo. Algo que no estaba en los grimorios, algo que su método autodidacta no le había proporcionado. Había aprendido la brujería despojándose de su humanidad, capa a capa, pero ahora sospechaba que enseñar brujería requería algo que ella había desechado. ¿Qué era? No lo sabía. Y no saber era una sensación que no experimentaba desde hacía siglos.

Fue esa ausencia, esa pregunta sin formular, lo que la llevó a aceptar la invitación. Cada siete años, las grandes matriarcas de los aquelarres que controlaban los territorios circundantes se reunían en un lugar neutral para negociar fronteras, intercambiar conocimientos y asegurarse de que ninguna invadía el dominio de las otras. No era un aquelarre —Voelva era y sería siempre independiente—, pero era una necesidad práctica. La invitación había llegado una semana antes, en forma de un cuervo que habló con la voz de Morgan le Fay antes de desplomarse muerto, y Voelva había decidido asistir.

—Iré a una reunión con otras brujas —le dijo a Leiria aquella mañana, mientras se colocaba la capa sobre los hombros—. Tú puedes ir al parque del pueblo cercano, si lo deseas. Habrá otros niños.

Leiria, que estaba leyendo un poemario viejo junto al fuego, alzó la vista con una expresión de asombro. Nunca había jugado con otros niños. Los había visto de lejos, corriendo entre las calles de las aldeas, gritando palabras que ella no entendía, riendo por motivos que escapaban a su comprensión. La idea de unirse a ellos le producía una mezcla de curiosidad y de un nerviosismo que no sabía nombrar.

—¿Otros niños? —repitió, como si la palabra fuera extranjera.

—Sí. Está a media hora de camino, siguiendo el sendero de los tilos torcidos. No llegarás a perderte. Vuelve antes del anochecer.

Leiria asintió, se colocó su pequeño sombrero puntiagudo, se ajustó la capa corta, y echó a andar con el corazón latiéndole más deprisa de lo habitual. Voelva la observó alejarse, una mancha oscura entre los árboles, y luego se giró hacia el oeste, donde la reunión tendría lugar.

El lugar neutral era un claro en el corazón de un bosque que no pertenecía a ningún reino, una zona de nadie donde los árboles crecían sin hojas y sin corteza, como esqueletos de madera pulidos por un viento que no soplaba. En el centro, una mesa de piedra negra, rectangular, con cinco sillas talladas en la misma roca. Una de ellas estaba vacía desde hacía tres reuniones, desde que la bruja que la ocupaba había sido deshecha por un pacto mal calculado con una entidad del abismo. Las otras cuatro estaban ocupadas o a punto de estarlo.

Morgan le Fay llegó primero, porque era su estilo: siempre la primera, siempre la anfitriona, siempre la que controlaba el escenario. Su belleza era legendaria y su leyenda era una mentira cuidadosamente mantenida. La media hermana del Rey Arturo, la hechicera de Avalon, la tejedora de ilusiones: todos sus títulos eran un glamur superpuesto a una realidad más antigua y más oscura. Bajo la apariencia de una dama de cabellos dorados y vestido de terciopelo índigo, se ocultaba algo que había dejado de ser humano hacía tanto tiempo que ni siquiera recordaba su forma original. Sus ojos eran del color del vino, pero cuando parpadeaba, una segunda membrana, lechosa y translúcida, cruzaba sus pupilas horizontalmente. Sus dedos eran demasiado largos, articulados como patas de araña, y cuando firmaba un pacto, de sus uñas brotaba una tinta que era su propia sangre envenenada. Olía a almizcle, a incienso y a algo que se estaba pudriendo bajo una capa de perfume.

Baba Yaga llegó en segundo lugar, no caminando sino emergiendo del suelo como una raíz invertida. Su forma era la de una anciana encorvada, tan vieja que su edad no se medía en años sino en eras geológicas, con una nariz ganchuda que casi tocaba su barbilla y unos dientes de hierro que rechinaban cuando hablaba. Vestía una falda de retazos, cada uno de los cuales había pertenecido a una doncella engañada, y sus pies descalzos dejaban huellas que brotaban setas venenosas al cabo de una hora. A su espalda, siempre visible y siempre ausente, se alzaba la silueta de su cabaña con patas de gallina, que la había traído desde los bosques eslavos y que ahora escarbaba la tierra en los márgenes del claro, impaciente. Baba Yaga apestaba a tierra de cementerio, a sopa de ortigas y a leche agria, y cuando se sentó a la mesa, la piedra gimió bajo su peso, aunque parecía pesar menos que un niño.

Circe fue la última en aparecer, emergiendo de entre los árboles esqueléticos con la majestad de un barco que surca aguas en calma. Era la más joven de las tres, o al menos la que mejor conservaba su belleza: una mujer de formas opulentas, cabellera cobriza que caía hasta sus caderas, labios del color de las granadas abiertas. Pero su sombra no era la de una mujer: su sombra era la de un león. Y cuando sonreía, sus dientes mostraban un ligero filo felino, un vestigio de los siglos que había pasado transformando hombres en bestias en su isla del Egeo. Vestía una túnica de lino blanco que nunca se manchaba, y sus brazos estaban cubiertos de brazaletes de oro, cada uno de los cuales contenía el alma de un marinero que había implorado clemencia y no la había recibido. Su perfume era el del mar y el del almizcle animal, y cuando se sentó a la mesa, sus dedos tamborilearon sobre la piedra con la impaciencia de quien está acostumbrada a ser servida.

Voelva ya estaba allí, sentada en su silla, inmóvil, con las manos apoyadas sobre la mesa de piedra. No había saludado a Morgan, no había mirado a Baba Yaga, no había vuelto la cabeza cuando Circe apareció. Simplemente esperaba, su rostro perfecto inexpresivo, su sombra quieta a su espalda, su presencia silenciosa como un agujero negro en medio del claro.

—Empecemos —dijo Morgan, y su voz era miel envenenada, sedosa y letal—. Las apuestas son las de siempre: almas, contratos, maldiciones y objetos de poder. No se aceptan promesas, no se aceptan futuros. Solo lo tangible, lo inmediato, lo irreversible. ¿Todas de acuerdo?

Baba Yaga gruñó una afirmación. Circe asintió con una inclinación de cabeza. Voelva simplemente parpadeó una vez, lo que en su lenguaje significaba sí.

Y así comenzó la partida. No usaban cartas comunes, sino naipes de piel humana curtida, pintados con pigmentos que solo eran visibles a la luz de la luna. Las figuras no eran reyes ni reinas, sino arquetipos de muerte: el Ahorcado, la Sumergida, el Desollado Vivo, la Madre Estéril. Cada carta palpitaba ligeramente cuando se jugaba, como si la piel recordara el cuerpo al que había pertenecido.

Morgan jugó la primera ronda con la destreza de quien ha pasado milenios perfeccionando el arte de la mentira. Apostó un contrato de servidumbre sobre una familia de molineros en Cornualles, y perdió. Baba Yaga lo ganó con una combinación de La Devoradora y El Niño Perdido, y se lo guardó entre los pliegues de su falda con una risa que sonaba a huesos entrechocando.

Circe apostó un objeto de poder: un peine de coral rojo que, pasado por el cabello de una mujer, la transformaba en cualquier criatura que el portador deseara. Morgan lo ganó con una jugada magistral, y Circe apretó los labios pero no dijo nada, porque en aquella mesa las pérdidas se aceptaban sin protestas o se pagaban con algo peor que el orgullo.

Voelva, mientras tanto, jugaba con la precisión de un autómata. No faroleaba: su rostro no traicionaba emoción alguna, por lo que sus oponentes nunca sabían si tenía una mano ganadora o desastrosa. No dudaba: cada carta era depositada sobre la piedra con un movimiento exacto, cronometrado, inhumano. No negociaba: aceptaba las apuestas, ganaba o perdía, y continuaba. En las primeras siete rondas, perdió dos almas menores y un frasco de aliento, pero ganó cuatro contratos, un espejo de escudriñamiento y una maldición de plagas que Baba Yaga había estado guardando para una ocasión especial.

La noche avanzaba, y el claro se llenaba de una luz espectral que no procedía de la luna sino de las propias cartas, que ahora brillaban con un fulgor azulado. Las sombras de las cuatro brujas se alargaban sobre el suelo de tierra negra, retorciéndose como animales atados. De vez en cuando, una de ellas reía; de vez en cuando, una maldecía en un idioma que hacía sangrar las hojas de los árboles. La atmósfera era tensa pero distendida, un equilibrio precario entre cuatro depredadoras que, en cualquier otro contexto, se habrían devorado unas a otras.

Fue durante una pausa, mientras Circe barajaba las cartas con sus dedos enjoyados, que Voelva habló. Lo hizo sin énfasis, sin preámbulos, como quien menciona el estado del tiempo.

—Tengo una hija aprendiz.

El silencio que siguió fue tan absoluto que incluso la cabaña de Baba Yaga dejó de escarbar. Morgan se quedó con la copa de vino envenenado a medio camino de sus labios. Circe detuvo el movimiento de sus manos, y las cartas quedaron suspendidas en el aire, sostenidas por una brisa que no existía. Baba Yaga fue la primera en reaccionar: soltó una carcajada que olía a azufre y a leche cortada.

—¿Tú? ¿La loba solitaria? ¿La que nunca se ha rebajado a unirse a un aquelarre porque los consideraba una pérdida de tiempo? —Baba Yaga se inclinó hacia adelante, sus dientes de hierro rechinando—. ¿Acogiendo a una cría? Debo estar más vieja de lo que creía, porque esto tiene pinta de alucinación senil.

—No es una alucinación —dijo Voelva, y su tono no había cambiado en absoluto—. Se llama Leiria Cenogurna. Tiene catorce años. Lleva dos años de entrenamiento formal.

Morgan depositó la copa sobre la mesa con un golpe sordo. Su segunda membrana cruzó sus ojos, un parpadeo horizontal que delataba su interés.

—¿De dónde salió? —preguntó, y había en su voz una nota de genuina curiosidad, mezclada con algo que podría ser celos—. ¿Robaste una niña? ¿La creaste de barro y saliva? ¿O acaso hiciste algo que ninguna de nosotras ha podido hacer jamás?

—La encontré. Era un bebé. Sus padres fueron reclamados por un pacto mal ejecutado. Ella no estaba incluida. La recogí.

—¿Por compasión? —Esta vez fue Circe quien habló, y su voz era un ronroneo felino, peligroso y aterciopelado—. ¿La gran Voelva Cenogurna, el horror supremo, sintió compasión por un bebé humano?

Voelva giró lentamente la cabeza hacia Circe. Sus ojos castaños no reflejaban la luz de las cartas.

—No sentí nada. Era la opción más práctica. Si la hubiera dejado, la habrían quemado al saber que yo había estado cerca. Habría sido un desperdicio ineficiente.

Las tres brujas intercambiaron miradas. En sus rostros, deformados por el poder y los siglos, se dibujaba una expresión que ninguna de ellas había experimentado en mucho tiempo: perplejidad.

—Bueno, bueno —dijo Morgan, recuperando su aplomo—. La Pantovolva, madre. Quién lo diría. ¿Y cómo va tu pequeña aprendiz? ¿Ha heredado tu talento?

—Progresa. Es talentosa. Se esfuerza. No tengo quejas. —Voelva hizo una pausa, y en esa pausa, algo se deslizó en su tono, una sombra de algo que no era duda, pero se le parecía—. Sin embargo, siento que me falta algo como maestra. No puedo identificar qué. Mi método es correcto, mi conocimiento es completo, pero hay una ausencia que no sé nombrar.

Baba Yaga soltó otra carcajada, esta vez más breve.

—¿Tú? ¿Preocupada? ¿La mujer que deshizo un aquelarre entero con un parpadeo? ¿La que obligó a un príncipe a arrastrarse hasta el mar y ahogarse con una sola palabra? ¿Preocupada por no ser buena maestra?

Morgan alzó una mano, y sus dedos de araña trazaron un gesto en el aire.

—No entiendo tu preocupación, Voelva. Eres, objetivamente, la mejor bruja de este mundo y de varios otros. Tu dominio de las artes oscuras es insuperable. Cualquier aprendiz daría su alma por recibir tus enseñanzas. Si tu hija tiene talento y se esfuerza, ¿qué más necesitas? ¿Qué podría faltarte?

—Lo ignoro —respondió Voelva—. Pero la ausencia persiste.

Circe se encogió de hombros con una elegancia felina.

—Quizás son solo ideas tuyas. La maternidad tiene esos efectos, o eso me han dicho. Nunca me ha interesado comprobarlo personalmente; mis hijos suelen ser cerdos o delfines, y no requieren mucha instrucción. Pero si tú, que eres la más sabia entre nosotras, no encuentras el problema, probablemente no exista. Confía en tu método. Confía en ti.

Voelva no respondió. Sus ojos castaños se posaron sobre las cartas que Circe había vuelto a dejar sobre la mesa, pero no las estaban viendo. Estaban mirando hacia adentro, hacia aquel lugar donde algo se removía sin nombre.

—Sigamos jugando —dijo Morgan, rompiendo el silencio—. Tengo un contrato que quiero recuperar antes del amanecer.

La partida continuó, pero el ambiente había cambiado. Las otras tres brujas miraban a Voelva de reojo, evaluándola de una manera nueva, como si acabaran de descubrir una grieta en la superficie de un diamante. Voelva, por su parte, jugó las rondas restantes con la misma precisión inexpresiva de siempre, y ganó la mayoría de ellas. Para cuando la primera luz del alba comenzó a teñir el horizonte de un gris enfermizo, había acumulado siete almas, cuatro contratos, dos maldiciones y un espejo que mostraba el rostro de quien se miraba en él tal como sería en el instante de su muerte.

Las brujas se levantaron. Morgan se despidió con una inclinación de cabeza, y su figura se desvaneció en una espiral de polvo dorado que olía a incienso y a mentira. Baba Yaga gruñó algo en un idioma que hacía sangrar las raíces de los árboles y se encaramó a su cabaña, que emprendió el vuelo con un batir de patas de gallina que resonó como un trueno. Circe fue la última en irse: se acercó a Voelva y le dedicó una sonrisa que mostraba apenas el filo de sus dientes felinos.

—Si alguna vez quieres que evalúe a tu pequeña aprendiz, envíame un mensaje. Tengo experiencia con las transformaciones, y quizás tu hija necesite alguna, quién sabe.

Dicho esto, se giró y caminó hacia el bosque, su sombra de león siguiéndola con paso perezoso. Voelva permaneció unos instantes más junto a la mesa de piedra, observando las cartas que aún palpitaban débilmente, y luego se puso en pie. Sus pensamientos, si podían llamarse pensamientos, giraban alrededor de una palabra que no había pronunciado en la reunión: "vida". Le había enseñado a Leiria el arte de la brujería, pero no le había enseñado nada sobre la vida. Quizás esa era la ausencia. Quizás por eso su hija, aunque talentosa y aplicada, carecía de algo que Voelva no podía darle porque ella misma lo había perdido. O quizás eran solo ideas suyas, como había dicho Circe.

Se ajustó la capa sobre los hombros y emprendió el camino de vuelta. En algún lugar, al este, Leiria jugaba en un parque con otros niños. Voelva debía recogerla antes del anochecer.

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Voelva Cenogurna avanzaba por el sendero de los tilos torcidos con el paso invariante de quien no conoce la prisa ni la demora. El sol de la tarde comenzaba a declinar, filtrándose entre las ramas nudosas en haces de una luz amarillenta y enfermiza que se derramaba sobre el suelo como un líquido en putrefacción. Los pájaros, al sentirla pasar, enmudecían uno tras otro en una ola de silencio que la precedía como un heraldo invisible. Su sombra, alargada y autónoma, se deslizaba sobre la hojarasca sin producir crujido, rozando los troncos con una familiaridad que los árboles parecían registrar como un escalofrío.

Llegó al lindero del bosque y avistó el pueblo. Era un asentamiento pequeño, de esos que no figuran en los mapas porque ni siquiera los cartógrafos perdidos se interesan por ellos: una docena de casas de piedra y techo de paja, una plaza con una fuente seca, una herrería con el fuelle roto. En el extremo oriental, junto a un prado donde la hierba crecía rala y amarillenta, se extendía el parque. No era más que un rectángulo de tierra apisonada con dos columpios de madera carcomida y una rueda de molino tumbada que hacía las veces de banco. Pero era lo que el pueblo llamaba parque, y allí era donde Leiria había ido a buscar a otros niños.

Voelva se detuvo a una distancia desde la cual podía observar sin ser vista. Lo que presenció la golpeó con la fuerza de algo que no había experimentado en siglos.

Cinco niños rodeaban a Leiria. Eran muchachos y muchachas de edades diversas, entre los diez y los quince años, con los rostros encendidos por esa crueldad particular de los pequeños depredadores que aún no han aprendido a disimular. Uno de ellos, un muchacho robusto de cabello pajizo, tiraba del cabello de Leiria con ambas manos, arrancándole mechones que quedaban enredados entre sus dedos como serpentinas de castaño rizado. Otro le arrojaba puñados de barro, una arcilla negra y húmeda que se estrellaba contra su vestido, su capa, su rostro, con un sonido sordo y satisfecho. Una niña de trenzas apretadas le gritaba a escasos centímetros de la cara, llamándola "rarito" y "niño con falda", y las otras dos, gemelas idénticas de rostro afilado, coreaban las burlas mientras danzaban a su alrededor en un círculo que se cerraba cada vez más.

Leiria estaba en el centro. Temblaba como una hoja en un vendaval, sus manos alzadas para protegerse el rostro, sus ojos castaños anegados en lágrimas que trazaban surcos en la costra de barro que ya le cubría las mejillas. Su sombrero puntiagudo había caído al suelo, pisoteado, y su capa corta colgaba desgarrada de uno de sus hombros. De su boca brotaban palabras entrecortadas, súplicas que los niños imitaban con voces agudas y deformadas.

—Por favor... paren... solo quiero jugar...

—¡Jugar! —chilló la niña de las trenzas—. ¡Los raritos no juegan! ¡Los niños no llevan falda!

Voelva se quedó quieta. Algo se removió en su interior, en un lugar tan profundo y tan olvidado que no tenía nombre en ningún idioma conocido. Fue una sensación física, un retorcimiento en el estómago, una presión en el pecho, un calor súbito en la nuca. No era ira, porque la ira era una emoción y ella había extirpado las emociones. Era otra cosa: un instinto primario, anterior al pensamiento, anterior a la magia, anterior incluso a la humanidad. El instinto de la hembra que ve a su cría en peligro.

No lo pensó. No formuló un hechizo, no pronunció palabras de poder, no trazó gestos en el aire. Simplemente, dejó que su aura se expandiera. Fue un despliegue mínimo, una ondulación en la realidad, imperceptible para los sentidos humanos corrientes pero devastadora para el instinto animal que anida en el fondo de todo ser vivo. El aire a su alrededor se volvió denso, el otoño se convirtió en invierno en un radio de cincuenta metros, y una presión invisible, una certeza de muerte inminente, se abatió sobre el parque como una losa de plomo.

Los cinco niños se quedaron paralizados al mismo tiempo, como marionetas cuyas cuerdas hubieran sido cortadas por una sola tijera. El muchacho del cabello pajizo soltó los rizos de Leiria y retrocedió un paso, con los ojos desorbitados. La niña de las trenzas abrió la boca para gritar pero ningún sonido salió de su garganta. Las gemelas se abrazaron una a la otra, temblando con la sincronía perfecta de dos cuerdas de un mismo instrumento. El quinto niño, el que arrojaba barro, dejó caer el puñado que tenía en la mano y sintió que sus piernas flaqueaban.

Y entonces corrieron. Sin ponerse de acuerdo, sin mirar atrás, sin recoger los objetos que habían dejado caer. Huyeron en cinco direcciones distintas, tropezando con las raíces, arañándose con las zarzas, gimiendo como animales que han olfateado al depredador supremo. En cuestión de segundos, el parque quedó en silencio, un silencio roto solo por los sollozos de Leiria.

Voelva avanzó. Sus pasos sobre la tierra apisonada no producían sonido, pero Leiria, de algún modo, sintió su presencia. Levantó la cabeza, mostrando un rostro surcado de lágrimas y barro, y en sus ojos castaños había una mezcla de alivio y de vergüenza, de gratitud y de una pregunta que no se atrevía a formular.

Voelva se detuvo frente a ella. No se arrodilló. No le limpió las lágrimas. No la abrazó. Su rostro seguía siendo la máscara inexpresiva de siempre, sus ojos castaños absorbían la luz del atardecer sin devolver nada. Pero su mano, aquella mano pálida que había arrancado sombras y tejido destinos, se alzó lentamente y se posó sobre el hombro de la niña. Fue un gesto mínimo, casi clínico, pero Leiria sintió que el mundo se estabilizaba bajo sus pies.

—¿Por qué te dejaste atormentar? —preguntó Voelva, y su tono era neutro, monocorde, desprovisto de reproche pero también de consuelo—. Durante dos años te he enseñado maleficios capaces de convertir a esos cinco en sapos hinchados y enfermos. ¿Por qué no los usaste?

Leiria se limpió la nariz con el dorso de la mano, dejando un reguero de barro y moco sobre su mejilla. Su voz era un hilo roto, entrecortado por los hipidos.

—Solo... solo quería que pararan. No sabía qué hacer. No... no quería hacerles daño. Pero tampoco quería que me hicieran daño a mí. Y entonces... entonces me pregunté...

Se detuvo. Alzó la vista hacia Voelva, y sus ojos eran dos pozos de una tristeza que no tenía edad.

—¿Está mal lo que soy? ¿Está mal querer ser una niña? ¿Está mal querer ser una bruja?

Voelva sintió que algo se le retorcía en el estómago por segunda vez. Fue una sensación más fuerte que la primera, un nudo que no sabía deshacer, una presión que no sabía nombrar. Sujetó los hombros de Leiria con ambas manos, sus dedos pálidos hundiéndose en la tela del vestido oscuro, y la alzó hasta ponerla de pie. Su rostro seguía impasible, pero su voz, sin perder su monotonía, adquirió una densidad nueva, como si cada palabra hubiera sido tallada en obsidiana.

—Las brujas de verdad no se preguntan si deben o no ser brujas. No dudan. No piden permiso. Simplemente lo son. Si realmente quieres ser una bruja, no debes dudar jamás.

Leiria la miró. Las lágrimas seguían cayendo de sus ojos, pero algo en su interior se estaba recomponiendo. Enderezó la espalda, se pasó el antebrazo por el rostro, y asintió. Fue un gesto firme, un ancla en medio de la tormenta.

—Quiero ser bruja —dijo, y su voz ya no temblaba—. No volveré a dudar.

Voelva asintió una vez. Recogió el sombrero puntiagudo del suelo, lo sacudió con un movimiento breve, y lo colocó de nuevo sobre la cabeza de Leiria. El sombrero se ajustó a sus rizos como si nunca hubiera sido arrancado. Luego, sin añadir nada más, se giró y emprendió el camino de vuelta. Leiria la siguió, sus pasos cortos tras los pasos largos de su madre, su capa desgarrada ondeando como un estandarte derrotado que se niega a rendirse.

Mientras tanto, en el pueblo, el horror acababa de comenzar.

El primer niño, el muchacho del cabello pajizo, llegó a su casa jadeando, con el rostro desencajado y el corazón golpeándole el pecho como un pájaro enloquecido. Su madre, una mujer de manos agrietadas por la lejía, estaba vertiendo sopa en un cuenco de barro cuando lo vio entrar. Dejó caer el cucharón y corrió hacia él, preguntando qué había sucedido, quién le había hecho daño, por qué temblaba de esa manera. El niño abrió la boca para responder y entonces sucedió.

Los dedos de sus pies comenzaron a alargarse. Literalmente, se estiraron como raíces, perforando el cuero de sus botas, reptando por el suelo de tierra apisonada de la cocina. La madre gritó. Los dedos seguían alargándose, bifurcándose, hundiéndose en la tierra con un sonido de succión húmeda. El niño miró hacia abajo, su rostro pasando del terror a la incomprehensión absoluta, y vio cómo sus piernas se unían, se fusionaban, se convertían en un tronco rugoso del que brotaba una corteza gris y agrietada. Gritó, pero el grito se le estranguló en la garganta cuando su mandíbula se partió en dos, luego en cuatro, luego en ocho, abriéndose como una flor de carne y hueso de la que brotaron ramas, hojas diminutas, espinas afiladas como agujas. Sus brazos se alzaron hacia el techo y se quedaron allí, rígidos, convertidos en ramas secundarias que perforaban la techumbre de paja. Su pelo pajizo se desprendió en mechones, dejando al descubierto una superficie de corteza viva que palpitaba como un corazón vegetal. La madre, caída de rodillas, solo pudo sostener lo que quedaba del pie de su hijo —una raíz— y gritar, gritar sin palabras, mientras el árbol que había sido su primogénito terminaba de desplegar sus hojas, unas hojas pequeñas y oscuras que olían a carne podrida.

En otra casa, en el otro extremo del pueblo, la niña de las trenzas apretadas llegó corriendo y se arrojó en brazos de su padre, un herrero de espalda ancha que estaba reparando un fuelle junto al hogar. La niña balbuceaba palabras inconexas sobre una sombra, un frío, una mujer sin rostro. El padre la estrechó contra su pecho, intentando calmarla, y entonces sintió que la piel de su hija comenzaba a burbujear. Retiró las manos con un grito y vio que las palmas le quedaban cubiertas de un líquido transparente y viscoso. La niña se miró los brazos y vio que su piel se ampollaba, se despegaba en láminas, se deslizaba hacia el suelo como un vestido que se deshace. Debajo no había músculo ni hueso: había insectos. Cientos de escarabajos diminutos, negros y lustrosos, que habían estado anidando bajo su epidermis sin que ella lo supiera, y que ahora brotaban en oleadas, desparramándose por el suelo, trepando por las paredes, desapareciendo por las grietas del hogar. La niña quiso gritar pero su boca se llenó de escarabajos, sus ojos se vaciaron en dos torrentes de escarabajos, su vientre se abrió como una bolsa podrida y dejó escapar un último enjambre, el más grande, el que había estado royendo sus entrañas durante los últimos minutos de su vida. Cuando los insectos terminaron de huir, lo que quedó en el suelo fue una piel vacía, traslúcida, arrugada como un vestido viejo, y un padre que había enloquecido en el transcurso de una respiración.

En una tercera casa, una de las gemelas de rostro afilado se desplomó en el umbral. Su hermana, que había llegado un instante antes, se giró para ayudarla y vio que sus propios dedos estaban empezando a alargarse, pero no como raíces: sus dedos se afilaban, se volvían metálicos, se convertían en agujas de coser. La primera gemela, en el suelo, experimentaba una transformación diferente: su carne se licuaba. No sangraba, no se descomponía: se derretía como cera bajo una llama invisible, formando un charco de un líquido blancuzco que olía a leche materna y a tumba. Sus huesos, al quedar expuestos, no eran blancos sino de un negro brillante, y se articulaban solos, desprendiéndose unos de otros, formando una figura que se arrastraba torpemente sobre el suelo como una araña hecha de palillos carbonizados. La segunda gemela quiso ayudar a su hermana pero sus dedos-agujas se clavaron en su propio rostro cuando intentó tocarlo, y empezó a coserse a sí misma: los labios, los párpados, las orejas, cada orificio sellado con una puntada precisa y cruel, hasta que murió asfixiada de pie, convertida en una estatua cosida de la que colgaban hilos de su propia sangre. Los padres, que entraron en la habitación atraídos por los gritos, solo vieron el charco de líquido blancuzco, los huesos negros que aún se arrastraban hacia un rincón, y el cadáver cosido de su otra hija, de pie, balanceándose ligeramente como un péndulo.

El quinto niño, el que arrojaba barro, era el de piernas más rápidas. Llegó a su casa antes que los demás, se escondió bajo la mesa de la cocina, se acurrucó con las rodillas contra el pecho, y esperó. Esperó durante minutos que fueron siglos. Su abuela, una anciana ciega que hilaba junto a la ventana, le preguntó qué le pasaba, por qué respiraba tan fuerte, por qué el aire olía de repente a rayos y a tierra mojada. El niño no respondió. No podía. Porque en ese momento sintió que sus dientes comenzaban a moverse, a desprenderse de sus encías uno por uno. Los escupió sobre el suelo, siete, ocho, nueve dientecillos de leche que tintinearon como granizo al caer. Pero detrás de ellos no brotaron dientes nuevos: brotaron palabras. Palabras que no eran suyas, palabras que no entendía, palabras que se le escapaban de la boca como un vómito de sílabas, una catarata de sonidos que llenaban la cocina. La abuela se puso en pie, sus ojos ciegos muy abiertos, porque aquellas palabras estaban cambiando la realidad a su alrededor: la madera de la mesa se retorcía, el fuego del hogar se volvía azul, las sombras de los rincones se alargaban como dedos. El niño siguió vomitando palabras, cada una más oscura que la anterior, cada una más cargada de un poder que su cuerpo infantil no podía contener. Su garganta se desgarró, su lengua se ennegreció, sus labios se agrietaron. Y cuando la última palabra salió de su boca, una palabra que ningún humano debía pronunciar jamás, el niño se consumió en una llama silenciosa, una llama fría que no quemó la mesa ni las sillas ni a la abuela, pero que lo redujo a él a una mancha de ceniza en el suelo, una mancha que aún susurraba, muy bajito, las sílabas de aquella palabra prohibida.

En cuatro casas, cuatro familias se partieron en dos, en tres, en pedazos. Cuatro madres y cuatro padres —o los que quedaban de ellos— sostuvieron entre sus brazos lo que ya no eran sus hijos: un árbol palpitante, una piel vacía, un charco de cera y huesos andantes, una estatua cosida, una mancha de ceniza susurrante. Los gritos se elevaron hacia el cielo del atardecer, un coro de agonía primitiva que se mezclaba con el humo de las chimeneas. Los vecinos acudieron, vieron, se santiguaron con símbolos que no servían de nada, y se marcharon con los rostros pálidos y el estómago revuelto. Nadie durmió en el pueblo aquella noche. Nadie volvería a dormir en mucho tiempo.

Voelva y Leiria, mientras tanto, se alejaban por el sendero de los tilos torcidos. La niña caminaba detrás de su madre, con el sombrero puntiagudo firmemente encajado en la cabeza y la capa desgarrada ondeando al viento. Ya no lloraba. De vez en cuando se llevaba la mano al hombro, tocando el lugar donde Voelva la había sujetado, como si aquel contacto le hubiera dejado una marca invisible, un amuleto, una certeza.

Voelva caminaba en silencio, pero sus pensamientos —aquellos mecanismos de precisión abisal— trabajaban a una velocidad inusitada. Acababa de hacer algo que no estaba en sus planes, algo que no respondía a la lógica de la brujería sino a la lógica de otra cosa, una cosa que no sabía nombrar. Había matado a cinco niños. No por necesidad, no por un pacto, no por obtener poder. Los había matado porque habían hecho daño a Leiria. Y lo había hecho sin deliberar, sin sopesar consecuencias, sin calcular. Lo había hecho porque algo, en su interior, había ordenado que lo hiciera.

Y ahora, mientras caminaba, comprendió. Comprendió qué le faltaba como mentora y madre. Le había enseñado a Leiria el arte de la brujería: los hechizos, los ingredientes, las técnicas, los pactos, las maldiciones. Pero no le había enseñado nada sobre la vida. Nada sobre el sufrimiento y la compasión, sobre la crueldad y la bondad, sobre el miedo y la valentía, sobre el amor y el desamor. Leiria sabía cómo capturar un aliento pero no sabía por qué los niños del parque la habían atormentado. Sabía cómo transformar un escarabajo en una flor de carne pero no sabía si estaba mal querer ser una niña. Y esa ignorancia era culpa suya, de Voelva, que había criado a su hija en la misma ausencia de emociones en la que ella misma vivía, sin darse cuenta de que una bruja que no entiende la vida es una bruja incompleta.

Decidió, allí, en aquel sendero de tilos torcidos, mientras el sol se hundía en el horizonte como una herida que no cicatriza, que a partir de ahora enseñaría a Leiria sobre la vida. Sobre el mundo. Sobre todo aquello que ella misma había perdido y que tendría que recuperar de algún modo, aprender de nuevo, para poder transmitirlo. Quizás así Leiria se convertiría en una bruja diferente, mejor que ella y que cualquier otra: una bruja que supiera dialogar con las almas en lugar de tomarlas. Una bruja que no dudara, pero que tampoco matara sin preguntarse por qué.

Y ese pensamiento, esa decisión de proteger y enseñar otra cosa, ese compromiso con una niña de catorce años que olía a barro y a lágrimas, fue el momento exacto en que Voelva Cenogurna sintió afecto por primera vez en siglos. No lo supo nombrar, porque no tenía palabras para ello. Pero lo sintió como se siente un calor en el pecho, una presión suave, una presencia que no estaba allí antes y que ahora ocupaba un espacio que ella creía vacío. No era amor, aún no. Era la semilla del amor. La primera grieta en el vacío perfecto que había sido su corazón.

El sendero se abrió ante ellas, oscuro y sinuoso, y las dos figuras, la alta y la pequeña, la madre y la hija, la maestra y la aprendiza, se adentraron en la noche que se avecinaba. Detrás de ellas, a lo lejos, los gritos del pueblo se fueron apagando, se convirtieron en ecos, en susurros, en nada. Delante de ellas, el futuro seguía siendo una hebra sin hilar, pero ahora la rueca había cambiado de manos y el hilo prometía ser diferente.

Leiria, sin saber por qué, alargó la mano y rozó los dedos de su madre. Voelva, sin mirarla, sin detenerse, entrelazó sus dedos pálidos con aquellos dedos manchados de barro. Y así siguieron caminando, juntas, hacia el corazón de una noche que olía a tierra mojada, a humo lejano y a algo que quizás, solo quizás, se parecía a la esperanza.

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